Mes de María, 2 de mayo

Sábado 2 de mayo

Marcelo Van recuerda cómo a la edad de seis años, estando en casa de su tía y de sus primos una temporada, pasó por un momento de oscuridad por dejar de rezar su rosario diario:

«Puedo decir que vivía con la Virgen, permaneciendo siempre a su lado. Por eso me cubría con su protección maternal, y me inspiraba el amor por la vida serena de los santos, empujándome siempre a dirigirme hacia ella, alejando de mi alma todo sentimiento de tristeza. ¡Ay! ¿Fui, por mi parte, siempre fiel? Confieso, francamente, que he merecido pasar por un momento de oscuridad. Porque durante una época, no muy larga, dejé de rezar el rosario, descuidé mi vida diaria, y eso, muy probablemente, a causa de mi pasión por jugar. De ahí que, naturalmente, me parecía haber perdido la alegría, esa alegría que durante los tiempos de fervor era como una fuerza viva que aportaba a mi existencia alegría y ánimo. Pero cuando empecé a dejar de rezar el rosario, aquella alegría fue desapareciendo poco a poco en mí, de tal manera que mi tía y mis primos se preocuparon, temiendo que hubiera sido atacado por alguna enfermedad grave. De nuevo, ponía mala cara y volvía a estar impaciente y llorón. Sin embargo, la Virgen, mi Madre, no tardó en revelarme la causa de mi mal. Ella me movió a retomar el lazo de intimidad que me unía a ella con el rezo del rosario».

Marcelo Van,
Apóstol escondido del Amor Misericordioso,
(Autobiografía, 74).

Oración a la Virgen

Madre Inmaculada, quiero vivir contigo y dejarte en cada momento vivir conmigo para que no me separe nunca de tu amor maternal y así permanezca siempre unido a Dios. Comunícame un deseo vivo de ser santo, de cumplir en cada momento la voluntad del Padre y de tu Hijo, e inspírame el amor por la vida de mis hermanos mayores, los santos. Cuántas veces yo, como el pequeño Van, soy asaltado por oscuridades y desolaciones, consecuencia de mis infidelidades a ti y a tu Hijo, de mi descuido de la oración, de mi sumergirme en la temporalidad y en la mundanidad de este mundo incierto y marcado por el mal, del repliegue sobre mí mismo y de mi descuido en el amor a mis hermanos. Entonces emergen las impaciencias, el mal humor, las malas caras y las malas palabras. Sosténme en mi gran debilidad para que fiel al rezo del rosario, unido a ti en la contemplación de los misterios de la vida de tu Hijo y de nuestra salvación, te deje liberarme y guardarme de todo eso que me quita la paz y pueda vivir alegre, sereno y en paz, aún en las fatigas de cada día, en los problemas y contrariedades que me surgen, y en las incomprensiones, soledades y sufrimientos de mi vida.

Consagración a la Virgen

Oh Señora mía, oh Madre mía, yo me ofrezco del todo a ti, y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, en una palabra todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén.

Jaculatoria

Madre del total abandono, me entrego a ti sin reservas